Por Andrea Rodriguez

Una de las preguntas más frecuentes que se hacen los países pobres en una etapa de desarrollo incierto como el nuestro, se vincula con la asignación de recursos de capital muy escasos para establecer cierta racionalidad en la asignación de usos posibles y ecológicamente sustentables a distintos espacios del territorio nacional.

Esa asignación de usos del suelo en el estilo de desarrollo adoptado por Argentina es regulada casi exclusivamente por el mercado. Como consecuencia de la presión del mercado se han ido enajenando los fragmentos importantes de tierra pública que quedaban, lo que hace mucho más débil la participación del estado en la asignación de usos de la tierra en lugares críticos, como el borde de las ciudades, las bandas amplias de litorales fluviales y marítimos, los humedales, los bosques nativos y las cabeceras de cuencas fluviales.

Un estado débil y escaso en tierra pública solo puede ser espectador y, en el mejor de los casos, mediador de la asignación de usos de la tierra a espacios críticos. La inexistencia actual de una política pública de ordenación territorial y la casi extinción de la planificación regional y del uso del suelo en espacios de frontera, particularmente el periurbano, son el correlato de la falta de poder de los organismos del Estado en la toma de decisiones que afectan los intereses del mercado .

Por otro lado la nueva onda tecnológica de la producción agrícola de altos insumos de capital está marginando al productor de subsistencia y al chacarero, lo que produjo y produce migraciones a los aglomerados urbanos que significan acumular miseria en los centros poblados y ampliar la espectacular asimetría entre pobres y ricos en las grandes ciudades.

Esa asimetría tiene dimensiones distintas entre el campo y la ciudad: el pobre rural tiene acceso a algún alimento, el pobre urbano no.

Hacer una planificación indicativa o de otro tipo de uso sustentable de suelos en las fronteras requiere de herramientas científico-técnicas que se ocupen de estudiar los patrones del paisaje, el origen y dinámica de la heterogeneidad espacial y que incluyan a la sociedad como parte integrante del funcionamiento de los ecosistemas. Las herramientas científicas vienen de la ecología biológica, la ecología del paisaje (cf. S.D. Matteucci),  la economía ecológica (cf. W. Pengue), y la geografía (cf. G.D. Buzai); es decir, integran las vertientes disciplinarias que reúne el GEPAMA.

Los procesos de cambios de uso de la tierra sobre grandes superficies, que son llamados procesos de frontera, han sido y son frecuentes en América del Sur y su estudio requiere el concurso de varias disciplinas ya que sus efectos son soportados tanto por el sociosistema como por el sistema recursos naturales.

Las grandes fronteras son:

1) la agrícola, donde la conversión es de ecosistemas naturales o seminaturales a cultivos y plantaciones;

2) la urbana, donde la ciudad o espacio habitacional-industrial avanza sobre cultivos, plantaciones y parches remanentes de ecosistemas naturales y seminaturates (J. Morello, A. Rodríguez)

3) la costera, donde asentamientos urbanos sustituyen ecosistemas naturales de litorales fluviales y marítimos y usos agrícolas (S.D. Matteucci, J. Morello). En Argentina, como en la mayoría de los países de América Latina, las fronteras de cambio de usos del suelo más dinámicas son dos: la agropecuaria,y la del crecimiento de las grandes ciudades (J. Morello, A. Rodríguez). Cada una tiene sus especificidades. La agrícola y la costeras demandan control de ecosistemas seminaturales y naturales, mientras que la urbana exige la ocupación de espacios ya domesticados para la agroproducción, con excepción de los ecosistemas de humedales, los de afloramientos rocosos y algunos profundos valles fluviales (A. Rodríguez, J. Morello).

La frontera agrícola

La frontera agrícola se organiza alrededor de la demanda internacional de un producto de alto precio unitario como la coca en los Andes y la soja en los altiplanos y llanuras de las planicies y planaltos orientales de Brasil, Paraguay y Argentina. En las ciudades la demanda es de soporte edáfico para vivienda, tierra como espacio habitacional.

En las grandes eco-regiones vírgenes la frontera agrícola tiene varios motores o factores de iniciación geográficamente externos: los problemas socioeconómicos emergentes en el Nordeste brasilero se solucionan en la Amazonia, los del Altiplano peruano-boliviano- ecuatoriano también en el Amazonas; los de la Pampa Argentina en el Chaco, y los del Oriente paraguayo también en el Chaco; los de las cadenas andinas de Colombia en macizo de Santa Marta.

En muchos casos se asume la frontera agrícola como un receptor de sociedades sujetas a hambrunas recurrentes ligadas a procesos climáticos, como el fenómeno de El Niño (sequía 1982/83 en el Altiplano). Se trata de soluciones políticas a eventos catastróficos naturales y pueden sintetizarse en la frase del presidente Medici cuando visitaba el Nordeste sometido a una sequía extraordinaria en 1970 refiriéndose a la frontera Amazónica: "a gente sin tierra y sin pan, le voy a dar tierra sin gente". Los pobres del semiárido de Brasil serían absorbidos del Nordeste y enviados al espacio vacío del trópico húmedo.

En otros casos la abertura de fronteras agrícolas ocurre como consecuencia de la intensificación de la violencia política en áreas rurales consolidadas. El ejemplo paradigmático es el de Colombia.

Un tercer detonante surge de cambios en el uso de la tierra en las áreas agroproductivas mejor dotadas, como los procesos de "agriculturización" de la Pampa argentina, que llevaron a la apertura de fronteras ganaderas en el Chaco y sus bordes, y el de la sojización de los Campos Cerrados, en los bordes del Gran Pantanal.

En otros casos, la concepción geopolítica de que los amplios territorios de bosque virgen sudamericanos son espacios vacíos o baldíos que es necesario ocupar, origina procesos de frontera agrícola. Dos ejemplos son Amazonas y el Chaco durante los gobiernos militares respectivos en Argentina y Brasil.

La frontera urbana

La frontera urbana en las grandes metrópolis latinoamericanas es un proceso de conversión planificada o anárquica de espacios rurales consolidados de muy alta fertilidad en espacios habitacionales e industriales. La conversión anárquica tradicional resulta del proceso llamado de urbanización descapitalizada de inmigrantes rurales empobrecidos y tiene sus picos en períodos de gran desarrollo industrial periurbano, como el de 1945- 1970 para el Gran Buenos Aires. Se trata de una urbanización altamente concentrada, con pocos parches o componentes del paisaje amanzanados, es decir formando un mosaico geométrico de celdas del espacio habitacional, a veces conformando un paisaje heterogéneo de diseño irregular. Son las "villas" (cf. Buzai; Rodríguez et al; Morello et al.)

Pero desde fines de la década del 70 hay otro desarrollo anárquico de urbanizaciones para las clases medias y altas con parches de viviendas dispersos en una matriz de espacios verdes. Este tipo de urbanizaciones cerradas han "precedido" durante largo tiempo a la normativa municipal o provincial vinculada con este tipo de uso del suelo, lo que es una de las razones por las que ese desarrollo nunca ha sido analizado como sistema espacial . Ello ha tenido y tendrá consecuencias en la capacidad evacuadora de excedentes hídricos de la red de desagüe superficial, tanto en eco-regiones de llanura como de montaña. Se trata de los espacios residenciales exclusivos.

La conversión planificada ocupa cada vez menos espacio. Se trata de los parches de barrios populares construidos por el estado casi siempre para descongestionar tugurios o reubicar residentes de áreas sujetas a catástrofes.

La frontera urbana tiene un aglomerado habitacional organizado en la clásica cuadrícula de manzanas. El periurbano posee un diseño de paisaje distinto, donde pueden o no dominar los parches con vegetación, pero esos parches han sufrido profundos cambios ecosistémicos, como la formación de antroposuelos en los basurales y escombreras, la aparición de neoecosistemas (ecosistemas formados mayoritariamente por especies adventicias) (cf. Rodríguez et al.) y el diseño de nuevas formas de relieve (neogeoformas) que cambian los patrones de escurrimiento de los excedentes hídricos (Rodríguez et al.) y van desde montículos de disposición de residuos sólidos hasta las cavas o depresiones originadas por la extracción de suelo y subsuelo. Hemos denominado "huella del paisaje" a todos estos cambios producidos por el avance de la frontera urbana.

El crecimiento de las ciudades va precedido por un halo de suelos decapitados para materia prima de la industria de la construcción, desde material para cerámica, arcillas expansibles, ladrillo común, tierra para jardines, etc.

Huella del paisaje, decapitación de suelo, tipos de cambios de uso del suelo en el periurbano y sus consecuencias ecológicas son los temas que preocupan al GEPAMA.

Dinámica de las fronteras

Desde el punto de vista ecológico, todo proceso de frontera incluye fragmentación de hábitat, tanto en ecosistemas naturales como domesticados; creación de nuevas configuraciones espaciales; pérdida de conectividad de espacios para especies que cumplen funciones claves en los ecosistemas; profundos cambios climáticos, a veces a nivel local otras a nivel regional, y cambios de biodiversidad.

Desde el punto de vista económico la dinámica del desarrollo de una frontera responde a oportunidades nacionales y, sobre todo, internacionales de flujos financieros, tecnológicos y de mano de obra. Por ejemplo, los hinterlands vacantes de Argentina y Canadá de muy alta fertilidad: las Pampas y las Prairies adquirieron extraordinario dinamismo entre 1890 y 1910 abriéndose con enorme intensidad la frontera del trigo gracias a una tendencia creciente de los precios del mismo desde 1900 a 1914.

Desde el punto de vista social las políticas de los gobiernos de ambos países en cuanto a tenencia de la tierra, laborales, de inmigración y de financiamiento dieron forma a dos fronteras trigueras que evolucionarían sobre muy distintas formas de propiedad: los canadienses lo hicieron sobre la chacra familiar (family farm) mientras que los argentinos sobrepusieron la frontera triguera en una estructura latifundista pastoril tradicional. Los resultados fueron diferentes (cf.Adelman 1994).

Cada tipo de frontera y cada eco-región donde se abre tienen modalidades específicas pero todas, como proceso de ocupación y transformación de ecosistemas naturales, seminaturales o modificados, tienen en común los siguientes rasgos:

  • Demanda de control de ambiente biofísico que se realiza por desmonte, urbanización, construcción de infraestructura de acceso, etc.
  • Producción de nueva riqueza económica para la eco-región o el país a un enorme costo ambiental

El proceso de frontera tiene ecosistemas a ser convertidos, modalidades de avance, recursos naturales gatilladores, valor internacional del o los productos demandados, factores socioeconómicos desencadenantes, tiempos de duración, etapas o estadios de desarrollo e interacciones eco-regionales muy diferentes y la Argentina es un modelo de diversidad de tipos de frontera.

Estudiar fronteras es estudiar el arreglo óptimo de los usos de las tierra a distintas escalas en territorios donde están ocurriendo cambios importantes y generalizados. En una situación de degradación socioeconómica y ecológica generalizada como la de la última década de Argentina aparece como fundamental el uso de herramientas científicas y tecnológicas que permitan comprender el funcionamiento del mosaico de ecosistemas para manejarlos más eficazmente (Matteucci, 2002) y para proveer información en el campo de los nuevos paradigmas alternativos de desarrollo que se están discutiendo y que incluyen el conocimiento "del arreglo optimo de los usos de la tierra para un propósito particular con el fin de planificar su estructuración, de modo de mantener la diversidad de hábitats y las conexiones que aseguren la metaestabilidad, compatibilizando efectivamente la integridad ecológica con las necesidades humanas básicas" (Matteucci, 2002; p. 10).